jueves, 3 de septiembre de 2009

ENTREVISTA A VICTORIA PUJOLAR, EX-LOCUTORA DE RADIO ESPAÑA INDEPENDIENTE "RADIO PIRENAICA"


Un medio potente para las ideas de izquierda, aplacadas por el pensamiento único. Eso fue La Pirenaica. Desde Radio España Independiente (La Pirenaica), entre los años 50 y 70 y de manera clandestina, Victoria Pujolar llenó centenares de horas de noticias y programas radiados en catalán. No sólo fue una batalla por la lengua catalana. Fue una batalla por la liberación de todo el país, entonces bajo el puño de hierro de una dictadura patronal nacionalcatólica. Había que hacer información de resistencia antifranquista, para dar cuenta de la lucha interior con que entregaban, a Cataluña y a España, los que soñaban por la libertad, la democracia y la República, es decir los derrotados de la Guerra Civil, brutalmente reprimidos -tanto moral como físicamente- por el franquismo. Victòria Pujolar, pintora y licenciada en Bellas Artes en su madurez, escapó dos veces de la prisiones del fascismo. Ahora vive en Madrid, de donde era su compañero, Federico Melchor, que también trabajó a La Pirenaica. Y sigue militando en el PCE y en el PSUC, desde una perspectiva ideológica que demuestra una clarividencia crítica difícil de escuchar en las nuevas generaciones de políticos. Su caso está perfectamente recogido en el libro de Teresa Pàmies Radio Pirenaica, la historia de Radio España Independiente.

  


¿Usted cree que ésta radio tendría que haber continuado después de la muerte de Franco?

Nuestra misión era cubrir una necesidad que tenía el pueblo. En España no existía libertad de xpresión. Sólo nosotros ofrecíamos “la otra versión de las cosas”. La prueba de nuestro éxito es que nos escuchaba gente que no sólo era comunista: teníamos una misión amplia, internacional. Éramos una voz que daba noticias interiores de España, con una parte semanal en catalán de la que me encargué yo durante un tiempo (después de que lo hiciera Jordi Solé Tura). Dábamos informaciones que el régimen escondía y que la gente quería oír, porque no se sabía nada de lo que pasaba verdaderamente. Era una necesidad de la población y en cuánto hubo más o menos libertad de expresión creímos que la cosa ya no tenía sentido.



Pero hoy no hay ningún medio masivo con la orientación de ’La Pirenaica’, suficientemente crítico los poderes fácticos…

Debería existir algo, pero tendría que ser otra cosa, diferente de la radio clandestina. Llegada la democracia, teníamos ‘Mundo Obrero’ y ‘Treball’, pero sin la misma capacidad de expansión, aunque entonces, cuando todavía no estábamos legalizados ambos medios eran leídos por mucha gente. Teníamos un partido de masas, pero ahora ya no lo somos… con eso quiero decir que sin un partido de masas fuerte es difícil tener un medio potente. Es lo que pienso.



¿Cómo era su trabajo en la Pirenaica?

Yo era la voz catalana de la REI. Había muchos espacios que cubrir, sobre todo cuando se fue Jordi Sole Tura. Hacía un trabajo de militante. Necesitaban una voz, yo servía y punto. Pero no era mi único trabajo puesto que no cobraba nada. Tenía cuatro hijos y además estudiaba Bellas Artes en Bucarest.



¿Cuántos trabajadores tenía ’La Pirenaica’?

No lo sé. Era una radio completamente clandestina, incluso allí mismo, en el bloque socialista. No nos podíamos relacionar ni con los ex brigadistas internacionales rumanos.



¿Por qué?

Porque aquello estaba lleno de espías, que siempre hay. Nuestro trabajo era tan secreto que ni en casa nuestra, en Bucarest, sintonizábamos la Pirenaica. Fíjate que no sabíamos ni la dirección de los estudios desde donde retransmitíamos. Era un edificio del siglo XIX, de la burguesía, pero no sabíamos ni dónde estaba porque el coche oficial nos venía a buscar y nos dejaba in situ.



¿Cómo operaban?

Todo estaba muy bien organizado. Había una estructura con un director, Ramon Mendezona, y redactores. Cuando yo llegaba ya estaba todo escrito y preparado encima de la mesa para ser leído. Los locutores éramos españoles. Pero los técnicos eran rumanos, de la Securitate, o sea policías. Ellos procuraban que no conociéramos nada, no se fiaban. Estábamos en plena guerra fría y existía una batalla entre bloques por cortar las ondas de radio. ¡Había que extremar la seguridad para poder asegurar que aquella radio se escuchara permanentemente!



¿Los norteamericanos intentaron cortar las emisiones de la radio?

Sí. Intentaban localizar el punto exacto desde donde se retransmitía y entonces cortar el éter. Al principio ’La Pirenaica’ se hacía desde la URSS, en una ciudad interior muy alejada de Europa. Era más difícil cortarla. Pero al pasar a Rumania las cosas se ponían más fáciles para aquellos que no querían que entrara un poco de luz en Cataluña y España.



¿Porque se retransmitía desde Rumania?

Porque había un repetidor muy potente. Los gastos de la Pirenaica se los repartían Rumania y la URSS. Rumanía nos ofrecía conseguir equipamientos para la radio. Nos hizo falta una mampara muy cara que se fabricaba en Checoslovaquia. Y nos la enviaron sin que nosotros pagáramos nada.



¿Cada país del bando occidental tenía su radio independiente?

Sí, pero en Francia por ejemplo la propia Radio Nacional ya era suficiente. No necesitaban estar a fuera, en el exilio.



¿Les llegaban muchas cartas desde aquí?

Sí, muchas. Eran informaciones desde el interior. De esta tarea se encargaba mi marido.



¿Le gustaba el trabajo, se lo tomaba con militancia?

Era difícil, porque tenía hijos que mantener y además estudiaba. Pero cuando has estado en la prisión con otras mujeres republicanas todo lo que hacía lo hacía pensando en ellas, en las compañeras antifascistas aprisionadas.



En el libro ‘Radio Pirenaica’ de Teresa Pàmies se explican sus dos huidas de la prisión.

La primera vez no fue una fuga de prisión. Estaba en un campo de concentración en Francia, en 1939. Allí, a los refugiados republicanos españoles nos trataron peor que a cualquiera. Yo era jovencita, trabajaba en una fábrica de género de punto, en Toulouse. Y un día los alemanes entraron en la zona libre de Francia, que no era libre porque estaba bajo el Gobierno de Vichy. Y una de las primeras leyes que promulgaron fue la prohibición de dar trabajo a los españoles. Al empresario que nos contrató le confiscaron los papeles. Y al salir de la fábrica nos cogieron. ¿Y sabe a dónde nos llevaban?



A algún campo de exterminio…

A Matthaussen. Yo iba con mi madre, a quien también cogieron. A las seis de la mañana nos metieron en un tren de carga y a las 12 del mediodía estábamos ya en un campo francés, que era el paso previo para que nos llevaran a Alemania. Al bajar del tren, el gendarme nos llamó para que fuésemos hacia un barracón. Entonces, dos jóvenes que estaban con nosotros en nuestra casa, y que ya habían pasado por un campo -del cual habían conseguido salir gracias al Partido Comunista y a los sindicatos franceses, sin los cuales muchos no estaríamos vivos hoy- nos zafamos discretamente. Caminamos y caminamos durante horas hasta llegar nuevamente a Toulouse. Yo ya era militante de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Después de este episodio vi claro que tenía que volver a Barcelona.



¿Y no era arriesgado volver en aquel momento, tan pronto?

Yo era joven y además parecía más joven todavía. Barcelona era mi ciudad. Yo no tenía aspecto de obrera. Había estudiado en el Instituto-Escuela de la Barceloneta. ¿Por mi aspecto nunca me cogerían, eso está claro, comprendes? Teníamos técnicas para no caer en cadena cuando la policía de la dictadura nos perseguía.



¿Pero la volvieron a pillar y volvió a escapar?

Sí, nos caímos. Y me torturaron brutalmente, concretamente los hermanos Creix, dos policías muy sádicos al servicio del franquismo. Después fui a la prisión de Las Ventas, en Madrid. Una prisión de monjas para mujeres, muy dura, pero donde las republicanas estuvimos bien organizadas para apoyarnos unas a otras. Resistíamos allí a dentro, celebrábamos el 14 de abril -día de la República- y nos negábamos a besar la bandera de los nacionales. Me volví a zafar, a la altura de Zaragoza, cuando me trasladaban para hacerme el consejo de guerra. Entre los del partido, por recomendación de la Tomasa Cuevas, sabíamos que para poder escapar en una ciudad era clave conocer alguien que te pudiese ayudar. ¡Pero yo sólo conocía Barcelona! Tuve la suerte de que nadie me siguiera. Así que escapé a pie y atravesé los Pirineos.



Increíble historia

Y era la segunda vez que atravesaba a pie los Pirineos. La primera, huyendo de la entrada de los nacionales, por el Pertús. Años más tarde de esta segunda fuga volví a Barcelona. Pero con una vida como la que he llevado, yo no he podido pensar de otra forma.



¿Cómo vivió en la Barcelona de los 40?

Pues conseguí trabajar en el Diccionario Vox, que era de la Iglesia. Y después en la Editorial Bruguera, que se portó muy bien conmigo. Había bastante gente afiliada. Recuperación de gente que había sido de la JSU, jóvenes que habían vuelto de Francia y alguna gente nueva. Había buena organización en todos los distritos. Yo fui dirigente de la JSU en Cataluña e iba por los pueblos a contactar con gente. Era arriesgado y una vez estuvieron a punto de volverme a pillar.



¿Lo puede explicar?

Un día fuimos a buscar a las seis de la mañana a un preso a la Modelo. Un preso del Partido, pero su salida se estaba retrasando. Es un poco complicado de explicar, pero era un tiempo con muchos, muchos, muchos policías por todas partes. Me di cuenta que me seguían unos Guardies Civiles. Me que subí a un taxi y cuando iba a bajar, repentinamente, vi como un Guardia Civil venía hacia mí. Salí corriendo, me metí en el Metro de Lonja, en el Pla Palau, al lado de Correos, y tuve la suerte que justo pasaba un tren. Llegué hasta las afueras de Barcelona y telefoneé a un compañero del Partido para decirle que me comprara un billete de primera clase para ir a Figueres. Dos compañeras más vinieron, me cambiaron totalmente el aspecto, me dieron un salvoconducto y, finalmente, el contacto de un contrabandista para cruzar la frontera. Fueron muchos días andando sin cesar. ¡El Partido era rapidísimo en estas cosas! El régimen ni lo sospechaba. Esta vez sí que salí definitivamente de España.



¿Cayó mucha gente en los años 40?

Sí. Había mucha actividad, también guerrillera, de maquis. Mucha gente y muy joven cayó, sobre todo raíz de la desarticulación del Partido en Reus. En la Francia de después de la Segunda Guerra Mundial la prensa hizo campañas a favor de los detenidos y se hicieron manifestaciones para impedir que se fusilase a muchos comunistas, a gente como el Sisquet que era el responsable de la JSU en Cataluña, un chico que conocía. Lo fusilaron cuando sólo tenía 23 años. Pobre compañero.



¿Y después, qué hizo?

Bien, primero volví a Toulouse con mis padres y después me fui a París, gracias a la JSU. Un día vino Dolores Ibarruri a pasar el verano y ella me invitó a la Unión Soviética donde pasé tres días, para el Primero de Mayo. Yo me fui convirtiendo en una persona de contrastada confianza para el Partido, hecho que me permitió hacer lo que hice a lo largo de toda mi militancia.



¿Cómo valora la caída del bloque socialista de Europa del Este y la URSS?

Ya hacía mucho de tiempo que se veía que iban subiendo los arribistas, los que no eran comunistas. Y la cosa se iba aguantando mal. Y ya se vio que los que han traído el capitalismo y ahora controlan esos países eran aquella gente sin escrúpulos que iba subiendo en aquellos años. Las cosas habían ido empeorando y además había gente que vivía en un régimen de privilegios con respecto a buena parte de la población, y aquello no tenía nada que ver ni con el comunismo ni con la revolución. Rumania, que era el país que más conocí, era un país muy atrasado. Los campesinos eran como los haiduk, los “bandidos” de las películas. Era un país antiguo. También había una minoría muy inteligente en Bucarest, afrancesada, muy leída, ingenieros, literatos. Pero había una gran diferencia de clase. En los pueblos, la gente era muy primitiva, era como volver 200 años atrás. Me encantaban sus trajes y su arte. Pero meter el socialismo allí era muy difícil, aunque algunas cosas sí que funcionaban. Recuerdo, específicamente, a una amiga mía que era mujer de la limpieza que pudo cuidar las enfermedades de sus niños y llevarlos a todos a la Universidad. Y yo, por ejemplo, pude estudiar Bellas Artes, con facilidades. El Estado facilitaba que todo el mundo estudiara tuviera la edad que tuviera.



Sin embargo, por ejemplo, en la URSS sí que se pudo hacer una socialismo a raíz de una revolución a pesar de tener un contexto social como el de Rumania

Sí, pero los bolcheviques no eran bastante gente como para poder abarcarlo todo en un país tan enorme y culturalmente variado como la URSS. Sucedió que había mucha fe, una fe de cariz casi religioso. Mucha teoría que no acababa de casar exactamente con el marxismo, con un marxismo emancipador, abierto. Durante años hubo adoctrinamiento para la gente de base, que era gente muy buena, pero que hacía un análisis que no era como el mío. Yo en el partido discutía muy a menudo al respecto de que cada persona no fuese como la pieza de un reloj. Nuestra idea, la de los marxistas, es más amplia, porque queremos la liberación de la persona y abolir la explotación del hombre por el hombre, sobre todo eso.



Usted hacía patente los valores avanzados de la II República …

Para personas como yo, formadas en la educación de la República, una educación integral, buena, sin ningún resentimiento, el comunismo era una cosa más amplia, las barreras nacionales no existían. Toda la generación de la República tenía una formación liberadora. Éramos conscientes de ser ciudadanos. Nos sacaron de la cabeza la idea de élite, de la minoría que lo tiene todo, que se impone a los demás, que es el mundo que tenemos ahora. Lejos de eso, a nosotros, a mi generación, nos abrieron la puerta de la libertad.



Cosa que es muy importante

Era una educación muy amplia, la de la Segunda República. En el Instituto incluso hacíamos un diario. El deporte, las ideas, la igualdad. Todo eso era la sociedad que iba subiendo y que el franquismo cortó de raíz.