martes, 27 de octubre de 2009

Batallón Mackenzie – Papineau


Las circunstancias políticas, sociales y económicas, en el Canadá de los años 30, eran muy parecidas a las de los EEUU, tal vez incluso peor. La crisis económica de 1929 había frenado el rápido desarrollo del que Canadá había disfrutado en la década de los 20 y había provocado la subida al poder de los conservadores, que se mantuvieron hasta 1935.
 
Fue precisamente este gobierno conservador de R.D. Bennett, el que decidió la creación de más de 200 campos denominados relief camps, controlados por el ministerio de defensa, donde podrían encontrarse hacinados miles de hombres solteros sin trabajo ni hogar, y sin más nada que hacer rumiar su descontento y frustración.

Se calcula que en cuatro años la cifra pudo ascender hasta 170.000 ninguno de aquellos jóvenes entendía como en un país tan rico como Canadá, podía haber tanta pobreza.

La situación política, consecuencia directa de esta preocupante situación económica, no era propicia para poder controlar los brotes de intolerancia: grupos fascistas de exaltados y marxistas radicales, alimentaban la confrontación y generaban inestabilidad social.

Bajo estas condiciones un gobierno conservador suelo optar por la represión como solución. La sección 98 del código penal Canadiense, que consideraba como crimen punible pertenecer a una asociación ilegal, se utilizo principalmente para acosar y apresar a los miembros del partido comunista, a esto se añadió la brutal represión policial del llamado on to Ottawa trek, la marcha de protesta que los trabajadores organizaron en Junio de 1935. En septiembre de 1936 un grupo de desempleados en la ciudad Winnipeg, que sobre pasaban los 1000, decidieron enviar un escrito al primer ministro, pidiéndole ayuda para su viaje a España.

En su petición hacían constar que ningún país podía permitirse el lujo de mantener ocioso un ejército de jóvenes desempleados, cuando el fascismo estaba golpeando con dureza las raíces de la civilización occidental, desde aquel momento un flujo incesante de voluntarios en paro o con oficio creyentes o agnósticos profesionales y obreros, se desplazaron desde Toronto o Montreal, desde Vancouver o Calgary, hasta los varios puntos de embarque que les trasladarían hacían nuestro país.

Dentro de este contexto la llamada desde España, se les antojaba a muchos jóvenes Canadienses, como la salida más airosa, tanto a la frustración de los relief camps, como a los idearios políticos que muchos de ellos habían forjado por destitución de las doctrinas marxistas. Precisamente el reclutamiento por parte de organizaciones de índole comunista fue más activo que en los EEUU, así tanto en el partido comunista como en la “Canadian League AGAINST WAR AND FASCIST”, crearon el “Canadian COMMITTEE to Aid Spanish Democracy” con el único objetivo de ayudar a la república Española. Estaba dirigido por un clérigo, Ben Spencer, pero había además, políticos, sindicalistas, militantes de partidos de izquierdas, y representantes sociales locales tan dispares como la finlandesa, ucraniana, húngara o la judía.

Will Kashtan, uno de los primeros Canadienses que fueron testigos presenciales de lo que estaba ocurriendo en suelo Español, volvió a Canadá y participo en una gira, arengando a sus compatriotas para que ayudaran al pueblo español y que presionaran al gobierno de Willian L. Mackenzie King, a que hiciera lo mismo. Tim Buck, al que nos referiremos mas tarde hizo lo mismo a su regreso de España, y al poco tiempo una verdadera riada de simpatizantes dispuestos a alistarse llego a Toronto y Montreal, procedentes de los lugares más lejanos.

Tomas Beckett, Frederic Lackey, Laurence Ryan, Clifford Budgen, y Henry Beattie fueron los primeros canadienses reclutaron por el comité como flamantes soldados dispuestos a luchar contra las fuerzas nacionales en territorio español.

La filiación política de los voluntarios canadienses se nos antoja como mejor definida que la de sus vecinos, lo cual no quiere decir que el componente idealista quedase difuminado por razones de tipo partidista algo que muchos abordaron hacer creer a la opinión pública. Es cierto que el partido comunista puso en marcha la gran maquinaria para reclutarlos pero no eran todos comunistas ni todos desempleados. Tim Buck en Soldier of Democrati, niega que el perfil del voluntariado canadiense fuera exclusivamente el de desempleado, simpatizante del marxismo o inmigrante.

Habían muchos inmigrantes, muchos sin empleo y bastantes comunistas, pero lo único según él que motivaba a aquellos jóvenes a alistarse era su repulsión por el fascismo.

Tomas Beckett, escribiría camino de Albacete:

Incluso si no tuviera convicciones políticas y no fuera comunista, mi repugnancia ante la crueldad, el sufrimiento innecesario, la brutalidad, la codicia y la tiranía, me llevarían a actuar de la misma forma, mi deseo de traer la paz, la felicidad y la libertad a la gente de cualquier país me lo exigía.

Todo esto unido la frustración económica, la concienciación política y la creación de un aparato que propiciase el alistamiento hicieron que la participación de voluntarios canadienses en la guerra civil española, fuera especialmente llamativa.

La mayor parte de las fuentes de los años 60 y 70 hacen oscilar su número alrededor de los 1300, tras varios estudios, durante años, según nuestras estimaciones, los voluntarios de aquel país llegaron a 1515 (1466 canadienses y 49 con doble nacionalidad), al igual que ocurrió con otros grupos nacionales el número definitivo es difícil de concretar ya que carecemos de registros oficiales y muchos de los inmigrantes no nacidos en Canadá, tuvieron problemas a su regreso para ser admitidos en el país. Nosotros hemos contabilizado a todos, incluidos los emigrantes europeos de primera generación que en algunos casos ni siquiera tenían en aquel momento pasaporte canadiense.

Si consideramos que al igual que el gobierno norteamericano, el gobierno canadiense hizo todo lo posible para evitar la presencia de voluntarios en España, entonces la cifra adquiere un valor no solo testimonial sino muy representativo. Fue el 10 de abril de 1937, cuando se aprobó el llamado “Foreign Enlisment ACT” que consideraba ilegal a cualquier canadiense que sirviera en un ejército extranjero. Esta prohibición se comenzaría a aplicar el 31 de julio a los que vinieron a combatir a España, lo que complico tremendamente la repatriación de los prisioneros canadienses una vez terminada la contienda, pese a los esfuerzos de los “Amigos del Batallón Mackenzie-Papineau” creado el 20 de mayo de 1937. La policía montada los consideraba mercenarios y revolucionarios comunistas. Un delegado del gobierno se desplazo incluso a España para interrogar uno por uno a los voluntarios canadienses con el fin de comprobar si podían acreditar su nacionalidad y cuáles eran realmente sus motivaciones políticas.

En su magnífico libro, The Gallant Cause (1996) Mark Zuehlke otorga incluso un papel determinante a Canadá en la decisión de crear las Brigadas Internacionales y organizar los batallones por origen o idioma. Según él, en la "Universal Peace Conference" celebrada en Bruselas en septiembre de 1936 Tim Buck, de origen británico pero residente en Canadá desde los 19 años y uno de los fundadores del partido comunista canadiense, estableció contacto con delegados comunistas españoles que le invitaron a conocer de primera mano lo que estaba ocurriendo en España. Durante esa visita, Buck tuvo la oportunidad de asistir a una reunión presidida por José Díaz, secretario general del partido comunista de España, en la cual se decidió crear una fuerza especial de voluntarios extranjeros integrada dentro del ejército republicano y a la que se le denominaría como Brigadas Internacionales. En esta decisión tuvo algo que ver la afirmación del propio Buck de que su partido podría reclutar unos 250 hombres. Los asistentes a la reunión pronto se dieron cuenta de que si todos los países representados podían aportar un número similar, la ayuda para el ejército republicano sería muy eficaz.

Este papel decisivo en el devenir de las brigadas se vería realzado por dos famosos nombres propios. Por una parte, el de Emil Kléber, conocido como "el defensor de Madrid" y al mando de la XI Brigada Internacional Kléber, veterano de la revolución rusa pero de origen austriaco, afirmaba haberse nacionalizado canadiense aunque el gobierno siempre negó esta circunstancia y, hoy por hoy, es imposible poder confirmarla ya que no hay documentos que la corroboren. Según el propio Kléber, cuyo nombre real era Emil Stern, fue capturado en 1917 en el frente ruso mientras servía con el ejército austriaco. Logró escapar y huyó a Canadá donde se enroló con la fuerza de Expedición Canadiense con la que volvió a Rusia y allí se pasó al bando soviético. Desde Rusia viajó a China y luchó con las fuerzas comunistas contra Chiang Kai-Shek. De China volvió a Canadá y de Canadá a Europa y a España.
Tampoco podemos olvidar el protagonismo alcanzado por Norman Bethune, fundador del Servicio Canadiense de Transfusión de Sangre. Bethune es una de las leyendas de la guerra civil española. Sus novedosas y eficaces técnicas para la conservación y transfusión de sangre unido a un valor casi suicida que le hacía llevar su ambulancia a los puntos más peligrosos del frente lo han convertido en un mito.




Su muerte en China en 1939 prestando sus servicios a la revolución no han hecho más que cimentar ese mito. Cuando Tim Buck regresa desde Europa a Montreal los trabajos del Dr. Bethune, a través del comité local de Quebec, para poner en marcha una unidad médica con ambulancia y diverso aparataje médico estaban ya muy avanzados. La rapidez y la eficacia con la que se monta el operativo demuestran la simpatía que la causa española suscitaba en aquel país. Cuando el 20 de octubre de 1936 una delegación española presidida por Marcelino Domingo, Ministro de Instrucción Pública, visita Toronto el recibimiento que le dispensan es impresionante.
Rastrear la presencia canadiense en la guerra española es una labor complicada. Estos estusiastas voluntarios acudieron muy pronto en ayuda de la República y se distribuyeron por las compañías, batallones y brigadas ya enfrascadas en plenos combates. Will Willianson goza del título oficioso de ser el primer voluntario canadiense en territorio español. A el le seguirán otros muchos que tardarían bastante tiempo en constituirse como grupo diferenciado y con una identidad nacional propia, ya que comenzaron a llegar desde enero 1937 viajando desde Nueva York junto con los voluntarios estadounidense. Muchos escribientes, o recepcionistas de unidades hospitalarias, los incluyen en sus listados bajo el epígrafe de (americanos), las peripecias de su llegada a territorio español es parecida a la narrado por los americanos. La mayor parte tenían un primer punto de encuentro en Toronto o Montreal, donde recibían ayuda para viajar a Nueva York. Una vez allí la oficina de información que el gobierno republicano había instalado en esa ciudad les facilitaba el billete para embarcar hasta Francia. Al llegar a París era la oficina del partido comunista francés la que se encargaba de trasladar hasta los Pirineos, para que los guías nocturnos les pasaran al otro lado. Solo unos pocos hicieron el viaje desde el sur de Francia en pequeñas embarcaciones hasta el litoral catalán. Existen muchos testimonios de Brigadistas que hicieron ese viaje y todos coinciden en la dificultad del paso fronterizo, la dureza de los senderos y la hostilidad del clima. Por ejemplo, Len Norris cuenta que partió desde Vancouver y que fue recogiendo voluntarios en Winnipg, Toronto y Montreal, hasta alcanzar la cifra de 350. Tras el largo viaje desde Nueva York, desembarcaron en Havre y se quedaron unos días en París. Desde allí se pusieron en camino hacía Perpinyan, aunque por error terminaron en Carcassone. A finales de julio, cruzaron los Pirineo a pie, hasta llegar a Figueres, de allí a Barcelona, Valencia, y finalmente Albacete, una vez en el cuartel general, los voluntarios eran asignados a diferentes batallones y distintas tareas siguiendo, en ocasiones criterios bastante cuestionables. Lionel Edwars nos relata, en tono muy irónico, que estando en cola para conocer su destino oyó como un joven estadounidense que iba delante de él en la fila comentaba al encargado de asignarle su puesto en la compañía que su experiencia profesional tenía que ver con mantenimiento de lanchas motoras. El encargado no tuvo la menor vacilación para asignarlo a infantería.
Sobre el origen del teórico batallón canadiense, encontramos varios testimonios, como ya mencionamos, la llegada de contingentes frescos, propicio la creación de nuevos batallones, entre ellos el de canadienses, tras varias reuniones, propuestas y discusiones, se manejaron los nombres de Tom Paine o Patrick Henry, pero la minoría canadiense no estaba de acuerdo.

Según algunas versiones fue el propio Robert Merriman, convaleciente de sus heridas, pero que a la vez dirigía el entrenamiento de los nuevos reclutas, el que recomendó un nombre canadiense para subrayar el talante internacional del batallón y para rendir homenaje a la labor llevada a cabo hasta ese momento por los voluntarios de ese país. Otras versiones por ejemplo, la de Ronald Liversedge, atestigua que fueron los propios canadienses los que consiguieron imponer su propuesta ante la imposibilidad de decidir entre Patrick Henry y Tomas Paine. Por otro lado Tim Buck afirma que el nombre había sido elegido ya por los 19 primeros voluntarios en Toronto antes de su partida. Sea como fuere, el resultado final se decantó por un nombre para el batallón muy sonoro y representativo, Mackenzie-Papineau que rememoraba el nombre de dos luchadores, contra la presencia británica en Canada, en 1837. No olvidemos que en ese mismo año de 1937, en Canadá se estaba celebrando el aniversario de aquella revuelta. Una vez tomada la decisión los mandos canadienses pusieron un telegrama al primer ministro Mackenzie King, nieto de Willian Lion Mackenzie donde le imploraban que hiciera todo lo posible para ayudar a la democracia española amenazada por el fascismo. King nunca respondió a aquella llamada de socorro.
En realizad los Mac-Paps como se les conociera popularmente, no eran todos canadienses; en sus filas además de norteamericanos, habían cubanos, españoles, una variedad de voluntarios de otras nacionalidades. Solo una de las tres compañías de rifles era canadiense, las otras dos eran norteamericanas. Un batallón de la segunda compañía, si estaba compuesto al completo por canadienses de origen ucraniano mientras que la tercera estaba integrada casi en su totalidad por voluntarios procedentes de la columbia británica. La compañía de ametralladoras contaba con un oficial canadiense, el capitán Niilo Makela.

El capitán Edward Cecil Smith fue el primer "comander" del batallón y mantendría este puesto hasta el final de la guerra. El primer comisarío político que tuvieron fue el norteamericano Joe Dallet, que moriría en Fuente de Ebro, en octubre del 37. En una carta a su mujer reconoce el "esplendido trabajo" de los canadienses dentro de la brigada y señala que era simplemente una cuestión de justicia elegir un nombre canadiense para el nuevo batallón.
Es importante señalar también que habían bastante finlandeses entre sus filas. Muchos de ellos procedentes de la brigada XI, de origen alemán, que descontentos con el trato que recibían en ella y conscientes de que habían muchos voluntarios de origen finlandés entre los Mac-Paps (se calcula que alrededor de 180), se pasaron a ese batallón constituyéndose en el grupo mayoritário de la compañía de ametralladoras. En The Abraham Lincoln Brigade, Landis cuenta que cuando Perci Hilton fue capturado junto con un grupo de finlandeses-canadienses, estos fueron rápidamente ejecutados porque su aspecto y su pelo rubio hicieron pensar a los soldados nacionales que eran rusos. Independientemente de que pudieran formarse como grupo bien definido o no la presencia canadiense en el conflicto fue muy numerosa y significativa. Sabemos que habían canadienses con los Lincoln, los Washington y el batallón Dimitrov y que participaron activamente en el Jarama. También hubo otros canadienses que sirvieron con los británicos, los ucranianos, los checoslovacos, los franceses y batallones regulares españoles. Además según Hoar hubo canadienses en el batallón Dombrowsky, en el batallón Rakosi de origen hungaro y en el batallón Mazaryk.


El uno de julio de 1937 se forma el batallón como tal que ya cuenta con una sección propia en Brunete, pero les permitieron seguir entrenándose tres meses más, hasta mediados de septiembre, cuando se unieron formalmente con la brigada XV. Entraron en combate cerca de Fuentes de Ebro el 13 de octubre del 37. En ese momento, se aceptaba ya como un hecho que tenían que comportarse como un batallón más profesional que los demás, ya que habían tenido más tiempo para entrenarse y que varios de sus oficiales habían sido veteranos en Jarama o Brunete. Aunque anecdótico, un buen ejemplo de su carácter más profesionalizado es que, para asombro de los Lincoln en el batallón canadiense se utilizaba ya, la trompeta para llamar a diana y para reunir a la tropa.
Como en el caso de los voluntarios norteamericanos y británicos las historias de los canadienses corren paralelas a la historia de la guerra. Acudieron a luchar con las tropas republicanas desde el primer momento en que su ayuda fue necesaria y sirvieron para dar forma a las brigadas internacionales, a través de los batallones creados para tal fin. Ya entre el 21 y el 27 de febrero del 37, siete canadienses murieron con los Lincoln en el centro del Jarama. Entre ellos Frederick Lackey, uno de los primeros que procedentes de Toronto, había llegado a España, y Joe Campbell, que con 41 años era el canadiense de mayor edad sirviendo con el batallón Lincoln. Cuando los batallones estadounidenses quedaron diezmados ellos fueron los que cubrieron las impresionantes bajas. Mark Zuehlke afirma que para junio de 1937, el número de canadienses podría facilmente rondar los 500, incluso es posible que formaran dentro del batallón Lincoln una sección canadiense no oficial a la que ya denominaban como Mac-Paps. Perecieron, al menos 5 de ellos junto con bulgaros, hungaros, polacos y australianos que se encontraban a bordo del "Ciudad de Barcelona" el barco mercante hundido por un submarino italiano, frente a las costas catalanas el día 30 de mayo de 1937.


Fueron muchos los canadienses que recibieron su bautismo de fuego en Jarama pero su presencia no fue menos importante en Brunete y en el Ebro. Adquirieron especial protagonismo durante los meses de agosto, septiembre y octubre de 1937, en Fuentes, Quinto, y Belchite. El 9 de septiembre del 37, el ya batallón oficial Mackenzie-Papineau llegó a Tarazona de la Mancha, para participar como punta de lanza como ultimo y desesperado intento por el ejercito republicano de dar un vuelco al destino de la guerra en el frente de Aragón. Demostraron una eficacia militar considerable en la defensa de Teruel, desde finales de diciembre de 1937 hasta bien entrado febrero de 1938 he iniciaron su repliegue hacía Gandesa, en marzo de ese año. Arrastraron su derrota en una retirada organizada que marcaría el principio del fin. El 28 de julio cruzaron el Ebro y permanecieron en el frente hasta el 10 de septiembre del 1938. Algunos fueron encarcelados y ejecutados, otros con más suerte desfilaron por primera vez como batallón en el homenaje de despedida celebrado en la Diagonal de Barcelona el 28 de octubre de 1938.
Como comentamos anteriormente la repatriación de los voluntarios canadienses fue muy complicada. No solo por cuestiones administrativas, si no también por cuestiones económica. Muchos de ellos, casi todos los prisioneros de San Pedro de Cardeña, fueron repatriados vía Inglaterra, otros cruzaron Francia en trenes sellados. El gobierno canadiense no solo recelaba de sus verdaderas intenciones políticas y de la validez de la ciudadanía canadiense de algunos si no que no parecía muy dispuesto a correr con los gastos de viajes de regreso de los 600 voluntarios que quedaron atrapados. Puede que ese fuera el pretexto formal,en el fondo, parece que había una razón de política internacional con mucho peso:  no querían incomodar a Hitler y a Mussolini. Según cuenta Zuehlke tuvieron que ser hombres de negocios como, Matthew Halton y Garfield Wiston, los que pagarán 5.000 de los 10.000 dólares que costaba el pasaje de unos 300 canadienses atrapados en el Havre y a los que el gobierno Francés amenazaba con enviar a los campos de refugiados españoles en Perpinyan si no abandonaban el país en el plazo de 3 días, los últimos canadienses en regresar lo hicieron a principio de mayo de 1939. No se celebraron recepciones de bienvenida ni hubo promesas de pensiones por mutilaciones de guerra, ni medallas de reconocimiento.

Llegaron pobremente vestidos, mal alimentados, con el corazón roto, pero orgullosos de haber cumplido lo que ellos consideraban su deber. Al menos ellos, los muertos, se habían quedado en España, tuvieron el consuelo de las palabras del reverendo Salem Bland que, en su discurso de bienvenida como las que siguen: Canadá no entendió en un principio lo que estabais haciendo pero ahora si lo entiende, y conforme pasa el tiempo, tendréis más amigos, más honor, porque habéis consumado una de las gestas más heroicas llevadas a cabo en la historia.